¡Hola a todos! Hoy os traigo una publicación muy especial para acabar el 2020 por todo lo alto: se trata de un cuento corto de Navidad para cerrar este año tan raro para todos. He de admitir que escribir este post me ha puesto un poco nostálgica. ¡Han pasado tantas cosas…! Poco a poco hemos creado una pequeña comunidad de la que estoy muy orgullosa y de la que me siento muy cercana. Os dejo aquí este relato breve basado en mi ciudad de adopción, la que me ha permitido crecer y establecerme como persona. Ojalá os guste tanto como a mí.

Cuento corto de Navidad: «M.G.B. Regalos S.L.»

Así se llamaba la nueva tiendecita de la Rúa Mayor de Salamanca que vio la luz una mañana fría y gris de finales de diciembre. No hubo inauguración y tampoco hicieron publicidad en el periódico local. Curiosamente, ningún vecino recordaba haber visto antes un local en ese emplazamiento. Sea como fuere, nadie lograba entrar en ella, siempre tenía colgado el cartel de cerrado sobre la polvorienta puerta de cristal.

Esa misma tarde, el pequeño Gádor cruzaba la plaza de Anaya corriendo sin aliento, con la mochila al ritmo de sus piernas, perseguido por la pandilla de Jorge, su archienemigo. El pobre muchacho parecía no tener escapatoria. Las zancadas de Jorge sonaban cada vez más cerca. Las piernas empezaban a fallarle y el miedo se apoderaba de su mente. Le latía la sangre en los ojos, nublándole la vista. Aun así seguía corriendo, como si una especie de magnetismo lo atrajera irresistiblemente hacia la tienda de regalos. Poco a poco, sus fuerzas menguaban. Necesitaba recuperar el aliento.

Gádor, apoyó la palma de su mano sobre la puerta de cristal de la tienda de regalos. De pronto, un resplandor cruzó en zigzag la gélida calle y se estampó contra la cerradura, abriéndola con tal violencia que cayó al suelo. La puerta se cerró de nuevo, sin posibilidad de volver a abrirse. Los gritos de Jorge sobresaltaron a los vecinos y más de uno se asomó en la ventana, agitando las manos y mandándole callar.

Gádor se levantó, lanzó una risotada nerviosa y se quedó en la entrada, mirando fuera. Al poco rato se sacudió el polvo de la chaqueta y caminó de puntillas hacia el fondo de la tienda que se perdía en penumbra. Escudriñaba de medio lado las paredes repletas de objetos que no lograba vislumbrar por la falta de luz. Cuanto más avanzaba, más se intensificaba un olor extraño, pero muy agradable, como una mezcla de resinas aromáticas vegetales.

Entonces, escuchó atentamente el murmullo de dos voces con divertido acento extranjero que conversaban en el cuarto trasero. Gádor se quedó plantado en el umbral, observando a los dos hombres; les divisaba bastante bien por el resplandor de una lámpara. El más anciano, de pelo espeso y cano, repasaba en voz alta una larguísima lista y, a cada mención, respondía el otro hombre que parecía más joven y vigoroso diciendo “¡empaquetado!”. La curiosidad de Gádor le animó a entrar y quedó maravillado. La habitación parecía infinita, con un techo altísimo y con la longitud de un túnel. Miles de cajas de distintos tamaños se amontonaban en el suelo. Sus ojos, bien abiertos para apreciar lo que allí ocurría, estaban llenos de asombro. ¡Aquella era la mejor tienda de regalos del mundo!

¡Aquella era la mejor tienda de regalos del mundo!

En ese preciso instante, el hombre más joven le estrechó la mano y le invitó a sentarse junto a ellos. Sin embargo, el más anciano seguía mencionando objetos de su lista. Sus nebulosas gafas le impedían ver con claridad y, de vez en cuando, gruñía. Su compañero carraspeó llamándole la atención y, después de mirar fijamente al chico durante unos momentos, le saludó con un hola muy escueto. Sin añadir más palabras a la conversación, escudriñó de nuevo su lista bajo sus híspidas cejas. Su amigo sonrió al muchacho encogiendo sus hombros y le excusó con la disculpa de la falta de tiempo. Debían dejar todo cargado esa misma noche.

Al cabo de un rato, casi de una forma inesperada, sonó un claxon y una larga franja de luz natural cayó como un rayo desde el altísimo techo. Gádor miró hacia arriba y vio un enorme tráiler descendiendo bajo la mirada del cielo. El chico se frotaba los ojos, se pellizcaba los mofletes, sacudía la cabeza intentando reflexionar antes de atreverse a preguntar. Mientras el joven balbuceaba palabras inconexas, se abrió la puerta del gigantesco camión mágico y bajó un hombre de tez oscura como la noche. Solo después de haber contemplado la escena durante unos largos minutos se dio cuenta de que eran los tres Reyes Magos y una sonrisa se curvó en sus labios.

De pronto, el mismo resplandor que le abrió la puerta volvió zigzagueando desde el cielo y, al chocar contra el suelo, saltaron miles de centellas que, al posarse sobre sus sencillas vestimentas, las transformó en originales trajes. De pronto, todos los paquetes de regalos desaparecieron de su vista. Estaban ya cargados en el camión. Los Reyes Magos se despidieron de él, se subieron al vehículo mágico y se elevaron hacia el cielo. Gádor no dejaba de sonreír. En ese preciso instante se dio cuenta de que le habían dejado una pequeña bolsa en el suelo. La abrió y sonrió aún más: había cientos de caramelos de todos los sabores. Justo en ese momento el reloj de la catedral le devolvió a la realidad; era tardísimo.

A un ritmo vertiginoso cruzó el pasillo en pocas zancadas y cerró la puerta de cristal sin mirar atrás. En diez minutos llegó a su casa y se metió en la cama. Nunca había dormido tan profundamente. Cuando abrió los ojos, pensó que todo había sido un sueño. Se levantó, se lavó la cara y, mirándose en el espejo, se rascó la cabeza reflexionando y entonces, se acordó: ¡la bolsa de caramelos! Allí estaba, sobre su mesilla de noche.

¿Os habéis quedado con ganas de otro cuento corto de navidad? Este ha sido el último post del año, pero podéis leer estos relatos que escribí para Halloween, ¡son igual de mágicos!

Os deseo a todos lo mejor para este nuevo año 2021, ¡ojalá sigáis a mi lado para todas las aventuras que llegarán! Si todo va bien, este año tendréis en vuestras casas Keswick y el destino de la espada y se celebrarán muchas más firmas de libros por ciudades de toda España. Si no queréis perderos nada, no os olvidéis de seguirme en Facebook e Instagram.

¡Nos vemos (y nos leemos) muy pronto!