¡Hola de nuevo, queridos lectores! Hoy os traigo un post muy especial con algunas historias de miedo cortas para contar en la oscuridad el día de Halloween. Debido a la situación actual debemos pasarlo en casa por el bien común, así que ¿qué mejor manera que aprovechar el tiempo con nuestros seres queridos? ¡Aquí tenéis unas historias para no dormir! Acompañadlas de unas mascarillas terroríficas, unos disfraces espeluznantes y cocinad la mejor tarta de calabaza del mundo el día de Halloween. ¡Que las disfrutéis!

1. «La maldición de Filandro»

Los habitantes del pequeño pueblo de Tembleque nunca olvidarán el 13 de diciembre de 1969.

Todo comenzó esa misma mañana. Francis, el cartero, dejó un misterioso paquete sobre la mesa de don Matías, alcalde del pueblo. No tenía remitente y el destinatario era todo el pueblo de Tembleque. Matías no se atrevía a abrirlo. Sentado en su sillón de alto respaldo y con las manos sujetándose el rostro, cerraba los ojos pensando que quizás se trataba de un mal sueño. Desgraciadamente no era así. El fatídico día que tanto temió que llegara estaba a punto de comenzar. Al cabo de unos minutos, recuperó la compostura y, armado de valor, procedió a romper el embalaje. Al ver el contenido, se puso en pie de un salto, reprimiendo un gemido para no llamar la atención de la secretaría del ayuntamiento.

Era el cuento La maldición de Filandro. Con los ojos llenos de terror y angustia, lo leyó con detenimiento y quedó tan asustado y horrorizado que obligó a todos los habitantes de la aldea a confinarse, les prohibió abrir la puerta a nadie. De lo contrario, algo terrible sucedería.

Matías temblaba como un niño pequeño. Le hizo recordar un secreto que guardaba celosamente y que jamás le había contado a nadie. Se estremecía recordándolo. Su mujer le miraba desde la puerta de la cocina preocupada, pues nunca le había visto tan nervioso y consternado. Sumergido en sus pensamientos, volvía atrás en el tiempo, exactamente cuando cumplió trece años, cuando era un chico alegre y bastante atrevido y al que, sin duda, le gustaban demasiado las travesuras. Su última trastada sellaría su fatal destino.

Todo comenzó al salir del colegio, un martes y 13 del mes de las navidades. El viento soplaba tan frío que no se veía un alma por las calles del pueblo. De pronto, un hombrecillo de piel verdosa con las orejas puntiagudas se dejó ver, pues pensaba que no había nadie. Era un duende del valle, ¡no daba crédito a lo que veían sus ojos! Sigiloso como una serpiente, le siguió hasta una ladera. Pero pronto el duende se escabulló entre la maleza, su instinto le advirtió de que alguien le seguía. Matías, enfadado, empezó a tirar piedras con todas sus fuerzas, sin saber que alcanzó de lleno al pobre duende, quedando este malherido y en el suelo.

Los sollozos de aquel hombrecillo alertaron a sus compañeros que enseguida fueron a ayudarle. Cientos de ojos, rojos como el fuego, centelleaban de rabia hacia Matías. Le flaquearon las piernas y eso le hizo caer al suelo. De repente, uno de los duendes corrió hacia él con toda su furia, pero Matías echó a correr como nunca lo había hecho antes, sin mirar atrás. Antes de llegar a su casa, con la luna asomando en el cielo, el más feroz de los duendes le sorprendió frente a su casa y le echó una maldición: “Dentro de trece años, un martes y trece, te haré un regalo muy especial, un cuento de terror que se hará realidad. Los atroces acontecimientos durarán toda la noche, hasta que el gallo cante por primera vez”.

Las palabras del duende retumbaban en su mente una y otra vez. De pronto, unos gritos terroríficos se empezaron a escuchar en las casas vecinas. Matías se asomó a la ventana y aterrado cerró las contraventanas, cientos de ojos rojos invadían el pueblo, colándose por las chimeneas. Matías apiló un sinfín de muebles contra su puerta, mientras su esposa le pedía explicaciones. De pronto, las súplicas de su mujer cesaron y el silencio reinó por unos instantes.

Entonces cientos de ojos rodearon su casa y la llama de la chimenea se apagó bruscamente, dejando en la penumbra al pobre Matías. Un gruñido cavernoso se empezó a escuchar y su cuerpo empezó a temblar de miedo. Se apoyó en la pared del salón para no caerse al suelo. No se atrevía a abrir los ojos. Los gemidos de su esposa suplicando piedad le hicieron erguirse y abrió los ojos. La imagen era espeluznante. Su mujer estaba arrodillada, implorando perdón sin saber por qué.

Matías se derrumbó e imploró que no la castigaran, pues ella era inocente y solo él debía ser fustigado por sus actos. Filandro, con una sonrisa retorcida y maléfica, accedió a su súplica, pero con una condición: debía irse con ellos. Matías abrió la puerta de su casa y desapareció junto a los duendes. Sus gritos desgarradores se escucharon durante toda la noche hasta que cantó el gallo. Nunca jamás volvieron a verle.

2. «La caja de monedas»

Hace muchos, muchos años, mi abuelo Francis solía jugar a los piratas en el huerto de su padre, mi bisabuelo Andrés, con sus dos mejores amigos Julio y Ramón. Un día excavando en la tierra con sus palas encontraron una cajita metálica llena de monedas antiguas muy extrañas. Estaban bien labradas con signos desconocidos. Parecían muy valiosas y refulgían con destellos dorados. La alegría se apoderó de los tres amigos que reían sin parar.

Andrés les observaba desde su ventana y, al ver que habían encontrado la caja, salió disparado hacia ellos con el rostro desencajado. Les obligó a dejar las monedas de nuevo en la caja. Pero no todas fueron devueltas. Julio y Ramón se quedaron con dos sin que nadie se diera cuenta. Andrés decidió enterrar la caja de nuevo en un lugar diferente y preferentemente por la noche. Se aseguró bien de que nadie le seguía y con la ayuda de una linterna la enterró bajo un ciprés.

Al cabo de dos noches, un ruido singular se escuchaba por el pasillo, murmuraba una frase una y otra vez, despertando así a Francis. Su curiosidad le llevó a abrir la puerta de su habitación, a pesar de estar medio dormido, y asomó apenas la nariz. Un rayo de luna se coló por una ventana del pasillo, iluminando a un espectro. La imagen de aquel hombre, aterrorizó a Francis y le dejó de piedra. De pronto, torció su cara, se alzó bruscamente ante él y con la misma fuerza de un huracán, lanzó un gritó: “¡QUIERO MIS MONEDASSSSS!” Francis corrió a esconderse debajo de su cama y cerró los ojos con fuerza.

El fantasma, con los rasgos de la cara retorcidos, esbozó una espantosa mueca de terror y se deslizó por el corredor persiguiéndole. En ese mismo instante, Andrés apareció en el pasillo y desgañitó su nombre “¡THOMAS DE FLORRR! Tu tesoro está a salvo, nadie lo ha robado, ¡MÁRCHATE!” Pero el fantasma, con los ojos llameantes, fue directo hacia Andrés y le traspasó repitiendo “¡QUIERO MIS MONEDASSSSSSSS!”. Y se disipó entre las junturas de la ventana.

Francis salió apresuradamente de su escondite para abrazarse a su padre. En la vida había pasado tanto miedo. Andrés lo asió de los hombros y le preguntó si él tenía alguna moneda. Francis le juró y perjuró que no. Al día siguiente, Andrés reunió a los tres chicos en su huerto y les contó que la caja pertenecía al pirata Thomas de Flor, un hombre malvado que murió de la forma más horrible hacía más de 600 años. Mató a toda su tripulación para quedarse con las monedas y, antes de morir, las enterró justo allí.

Les contó que él tuvo la misma sensación que ellos cuando encontró la caja, pensó en la suerte tan grande que había tenido, pero fue de todo menos eso. Una maldición recaía sobre las monedas. Estaban manchadas de sangre pirata. Thomas de Flor nunca pudo gastarlas ni cambiarlas por nada. Y nadie jamás podrá hacerlo o de lo contrario morirá. Los rostros de Ramón y de Julio palidecieron al instante y devolvieron las monedas sin rechistar y nunca jamás volvieron a jugar a piratas.

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3. «Noche de Halloween con Eduardo»

Como todos los años, Eduardo organizaba una gran fiesta para la noche de Halloween. Tan solo quedaban un par de horas para recibir a sus invitados. Ultimaba los preparativos para que todo estuviese perfecto. Miraba una y otra vez, desde el gran ventanal de uno de los salones, a las verjas de su jardín, cerradas a cal y canto. De pronto, una tormenta apocalíptica tiñó el cielo de verde y azotó los cristales con fuerte granizo. Las ráfagas de viento doblegaban a los cipreses de su jardín hasta casi derribarlos. Sin apenas inmutarse, se dio media vuelta y continuó con los preparativos de la cena.

No muy lejos de allí se encontraba Javier Martín, un profesor de un instituto local, conduciendo su viejo coche, aporreado por las piedras heladas que caían del cielo. El viento era tan fuerte que sacudió el vehículo, estrellándolo contra las verjas de la mansión de Eduardo.

Fue tan violento el choque que las verjas quedaron abiertas, dando fuertes bandazos contra el murete. Aturdido y malherido, consiguió llegar hasta la puerta principal, totalmente mojado. Tocó el timbre un par de veces y acto seguido, se desmayó. Cuando despertó, se encontró tumbado en un viejo sofá en la más absoluta penumbra. Si no fuera por el fuerte dolor de cabeza, estaba casi perfecto.

Las doce campanadas del reloj de la sala retumbaban en sus sienes despiadadamente. Poco a poco se fue incorporando. Después de deshacerse de algunas telarañas que cubrían los cojines sobre los que se había estado apoyando, se dirigió hacia un gran ventanal. Entonces vio su coche destrozado y recordó el accidente, pero no cómo entró en la casa.

Un simpático murmullo de gente conversando le llamó la atención. Pensó que, por fin, iba a conocer a la buena persona que le había socorrido. La penumbra menguaba mientras cruzaba el corredor. De repente, Eduardo apareció al final del pasillo y le hizo señas entrecortadas para que le siguiera. Javier apresuró su marcha y caminó tras él hasta llegar a otra sala donde cenaba una docena de personas. Eduardo se levantó del asiento, se presentó y le invitó a sentarse junto a él, ocupando el sitio vacío que había a su lado. Javier miraba a su alrededor y observaba disimuladamente a los invitados, disfrazados con elegantes trajes y fastuosos vestidos de época.

Javier se disculpó por los daños ocasionados por el accidente y, mientras tanto, se atusaba disimuladamente, intentado estar lo más decente posible. Eduardo le miró y, con un gesto de ternura, le dio un pequeño abrazo. Le dijo que no tenía ninguna importancia, que se olvidara de lo ocurrido. Javier le tomó la palabra y se relajó conversando con unos y con otros.

El comedor estaba lleno de una fuerte fragancia de rosas, pero no veía flores por ningún lado. Alguien tocó la puerta. Entró el mayordomo con una bandeja de ricos manjares y la colocó sobre la mesa. La fiesta era muy divertida, con telarañas dispersas por todas partes que parecían auténticas, así como el polvo en los muebles. Eduardo, con la cara pálida y los ojos llenos de lágrimas, se levantó y cogió con la mano una copa con filos de oro e hizo un brindis sin pronunciar el deseo. Todos los presentes parecían saber cuál era, excepto Javier. Al cabo de unas horas, a Javier le empezó a entrar un sueño terrible y Eduardo le dejó dormir en el salón.

A la mañana siguiente, las sirenas de un coche de policía le despertaron. Su estómago empezó a molestarle y la cabeza le daba vueltas. Se acercó como pudo de nuevo al gran ventanal del salón y observó boquiabierto que una grúa se llevaba su coche. Salió de la casa lanzando gritos desesperados, no quería que se fueran sin él.

Uno de los policías lo miró desconcertado y le preguntó si él era el dueño del coche accidentado. Javier, le contó todo lo ocurrido y los policías empezaron a mirarse entre ellos. Llamaron a una ambulancia. Pensaron que todavía podía estar conmocionado. Javier les reprochó su actitud, pero los policías insistían en que la casa llevaba más de trescientos años abandonada. Javier creía estar despertándose de un sueño. El más joven de los policías le llevó hasta un pequeño cementerio que había detrás de la casa. Le contó que la mansión fue de un pintor muy famoso llamado Eduardo y que murió en extrañas circunstancias mientras celebraban una fiesta de Halloween.

Todos murieron envenenados por una sustancia misteriosa que olía mucho a rosas. Todos sabían que la sirvió su mayordomo, pero nunca se esclareció quien fue el culpable. Las malas lenguas dicen que Eduardo se volvió loco. De pronto, los ojos de Javier se empezaron a nublar, ya no podía escuchar lo que decía el policía. Sus rodillas flaqueaban, haciéndole caer irremediablemente al suelo. Al cabo de un instante, sus ojos recuperaron el sentido y se fue incorporando poco a poco. Los gritos del policía avisando a su compañero le estremecieron. Al levantar la vista, lanzó un escalofriante grito. Sus ojos contemplaban con horror su propio cuerpo sin vida. La puerta de la mansión volvió a abrirse. Eduardo le esperaba en el umbral.

¿Te han gustado estas historias de miedo cortas para Halloween? También, podéis ver otras entradas de mi blog: seguro que os gustan. Échale un ojo a mi primera novela Keswick y el árbol de la vida ¡Te encantará!

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